domingo, 22 de marzo de 2026

El sillón de la abuela

 El sillón de la abuela 


Recuerdo aquel humilde edificio, dos plantas, amplios pasillos, pequeños departamentos. Frente a la puerta entreabierta del departamento de abajo, siempre leyendo de un pequeño libro negro, se veía a la abuela meditando, sentada en su viejo sillón. Nadie más que ella, podía sentarse en aquel sillón, para los niños un misterio que no podíamos descifrar. 


Al bajar corriendo aquellas amplias escaleras que llevaban directo a su puerta, ella estaba allí.  A la hora de ir a la escuela, a la hora de salir a jugar, a la hora de volver a almorzar, la abuela siempre estaba allí, siempre sentada en su viejo sillón. 


Su rostro sonreía al vernos pasar, aunque fuera un segundo, como si de alguna forma le recordaremos que  valió la pena la siembra. El largo camino recorrido hasta la tierra de libertad había dado frutos. El sufrimiento y el dolor del camino trazado, por fin estallaba en las risas de aquellos niños que como relámpagos pasaban por su puerta siempre entreabierta. 


De vez en cuando, frenaba la estampida el grito silencioso de aquella voz cansada por los años, que sin dudar, alcanzaba para detener nuestro paso. Con una mezcla de miedo y de respeto abríamos esa puerta siempre expectante, para entrar a un mundo de historias sorprendentes. Sentados a su alrededor como al calor del fogón, desde su sillón iluminado con los frágiles rayos de sol del atardecer que se colaban por las gruesas cortinas tejidas a mano, nos veía con su siempre nostálgica sonrisa; abría el pequeño libro nego y nos comenzaba a enseñar de su travesía y sus historias.


Entre sus manos temblorosas, sostenía con firmeza aquel pequeño libro, ese libro que guardaba con tanto recelo, y estaba lleno de aventuras y emocionantes historias. De amor, de guerras, de aventuras, de poderosos milagros. Escrito en letras extrañas que para nosotros eran parte del misterio, ella nos leía y enseñaba en el idioma de sus padres. Entre armenio y español aprendimos de la fe que mantuvo con vida a los abuelos, del camino que con dureza transitaron, del amor divino que liberó al pueblo que nos dió nombre y la generosidad de otro que con brazos abiertos los recibió.

 

Desde su sillón siempre leyendo, desde su sillón, siempre observando, desde su sillón siempre sonriendo, entendimos que sin importar lo que la vida traiga hay una fe más fuerte que nos levanta. No los detuvo la guerra, el hambre o el dolor, atesoraron en cambio la vida, su fe y sus tradiciones, apostando a un futuro de esperanza.


Ya no conservo aquel libro negro del que ella me enseñó, ni aquel viejo sillón, obra y arte del abuelo, que el tiempo se llevó, pero tengo el propio que  desde entonces me acompañó. Hoy soy yo quien cuenta sus historias y me enorgullezco de ser nieta de aquella generación de héroes que dejando raíces, hogar y sentimientos, se dieron a lo desconocido perseguidos por la opresión y crueldad, trayendo sus recuerdos, su historia y su fe a este, mi país, que me vio nacer; donde crecimos libres para gritar, correr y crecer; para hablar y cantar de nuestra fe. Para contar a nuestros hijos y nuestros nietos, como ella lo hacía una vez, aquellas épicas historias de amor y de fé, que no dejaré olvidar. 

Un día también yo seré esa abuela que cuente sus historias desde mi propio, viejo sillón.





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