Espera… ten paciencia… confía. La paciencia es un don que no es dado a todos, tan difícil como la honestidad y la lealtad para encontrar. Tan difícil de poner en práctica. Dios nos pide que esperemos en Él, pero sus tiempos no son los nuestros. La ansiedad, el desaliento, el desánimo siempre ganan la carrera, una carrera injusta. Vivimos tiempos en donde la velocidad es esencial y el poder de la espera paciente se fue perdiendo hasta casi desaparecer. La inmediatez y el ahora están a la órden del día, y cuando toca esperar parece que el tiempo es eterno aunque sean minutos.
Una vez alguien me dijo que pedir a Dios por paciencia es como pedir más oportunidades de cultivarla y en definitiva estaría entonces pidiendo por más demoras y contratiempos. Dejé de pedir, hasta que finalmente se agotó.
No sé si será el correr de los años, el peso de la edad o simplemente el devenir de eventos inevitables, pero llegó un día en que la persona que me miraba desde el otro lado del espejo ya no es la misma, y apenas si me reconocía en ella. Vi a alguien que se rindió,que bajó los brazos, que dejó de pedir, sintiendo que ya no había quién escuchara.
Ahora entiendo que la paciencia y la perseverancia van de la mano y están unidas por la confianza, la confianza en que Dios puede hacer lo que es imposible para nosotros. Él sabe lo que es mejor. Pero muchas más veces de lo que pensamos, la impaciencia hace que veamos aquello que queremos ver, y entonces pensamos que la respuesta esperada finalmente llegó y en esa ansiedad tomamos el control de cosas que habíamos dejado en sus manos ignorantes de lo que Dios tiene para decirnos. Tapamos los oídos, enfocándonos solamente en lo que pensamos que es lo que queremos y necesitamos, sin darnos cuenta que nos estamos autoconvenciendo de que hacemos lo correcto. Una vez más ganó la impaciencia y perdió la confianza y la fe.
Si tan solo pudiera volver el tiempo. Pero lamentar el pasado no me lleva al futuro, solo destruye mi presente. Dios me creó con propósito. Dios me creó fuerte. Dios me creó valiente.
Hoy vuelvo a pedir, agradeciendo lo vivido porque de ello aprendí que la paciencia en la espera es la que fortalece mi fe. Un día le prometí a Dios que jamás me apartaría de su lado y hoy, sin duda, refuerzo esa promesa sabiendo que Él siempre estuvo a mi lado y aún cuando yo dejé de confiar, Él no se apartó, sino que fue Él quien me esperó paciente a que volviera.
Espera, ten paciencia y confía, porque Dios siempre cumple sus promesas, siempre estará a tu lado para sostenerte, consolarte y darte las fuerzas necesarias para seguir adelante.
Quizá mi oración haya cambiado, las circunstancias ya no pueden ser las mismas, pero, como si el tiempo me hubiese dado otra oportunidad, vuelvo para decirme: Ten fé, Espera en Dios y Dios hará!

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